Apuntes sobre violencia en el fútbol (2-3): La responsabilidad desde arriba

Los dirigentes de los clubes del fútbol argentino recuperaron, tras la muerte de Grondona, un protagonismo perdido. Ya no se habla de la AFA como un todo, sino como un lugar de disputa e internas, donde cada representante de club vuelve a tener importancia. Sin embargo, en este escenario abierto, no hay perspectivas de cambio profundo: las diferencias son en torno al formato del próximo torneo, los cargos en la asociación o la distribución de la plata de la televisión. Las barras bravas, la violencia y las muertes no tienen lugar en la agenda, a pesar de lo ocurrido los últimos meses.

El gobierno nacional también participa en esta interna, por el momento sin un dirigente que lo represente directamente, sino desde el Poder Ejecutivo Nacional. Si bien el fútbol es el deporte más popular y el que mueve mayor cantidad de gente –por eso su importancia para la política-, es por manejar la televisación por medio de Fútbol Para Todos que tiene un papel central en estas discusiones. Su acción está dirigida principalmente a determinar el formato del torneo, supuestamente en pos de un mayor federalismo, y no en la calidad del espectáculo o la infraestructura del mismo. Como representantes del Estado, que deben garantizar la seguridad de los ciudadanos, no abordar el tema de las barras pone de manifiesto las prioridades y estrategias del gobierno.

No se puede hablar de la barrabrava como un tema en la agenda pública, porque su aparición sólo se da a nivel mediático (no es lo mismo que agenda pública) y en los momentos que se produce un hecho que sacude la normalidad. En ese momento, dirigentes de clubes y autoridades de los distintos poderes del Estado aparecen en los medios a deslindarse de responsabilidades y adjudicárselas a la otra parte. Salvo algunas excepciones en las que se acuerdan reuniones –que luego no se traducen en acciones conjuntas-, esta preocupación dirigencial es más una puesta en escena que un interés genuino por solucionar el problema.

Los hechos, por el contrario, demuestran que tanto dirigentes deportivos como nacionales tienen relación, fomentan y reproducen a las barras bravas. No sólo por ser parte del sistema, del mundo fútbol, como los hinchas, sino también por sus roles institucionales que les otorgan poder. Está claro que no lo usan para combatirlas, lo que nos plantea el interrogante de si realmente lo consideran un problema o no. Julio Grondona cumplía un papel importante como director de orquesta, pero es innegable que todo presidente de club y partido político también las usó y favoreció. También las burocracias sindicales las usan para mantener su control. Entonces, queda claro que no se trata de “un grupo de violentos” sino de una organización con fluidas relaciones políticas de las que deben hacerse cargo los dirigentes.

Tinelli invitó a la barrabrava de San Lorenzo a su programa para festejar el torneo (foto diario La Razón)
Tinelli invitó a la barrabrava de San Lorenzo a su programa para festejar el torneo (foto diario La Razón)

Por el lado de los clubes, la convivencia y complicidad de los dirigentes con las barras es evidente. Desde las entradas que les dan –para ellos y para la reventa- hasta los casos más extremos en que son dueños de porcentajes de jugadores, encontramos colaboración directa. También su postura y discurso frente a los medios es parte del problema, una colaboración indirecta. Por miedo a las consecuencias políticas, niegan la existencia de una barrabrava en el club e incluso que tengan relaciones, ya que los tratan “como un hincha más”. Peor aún, cuando estas salen a la luz, se escudan en que no pueden erradicarlas ellos solos, sino que depende del Estado y ellos son rehenes de la situación.

Esta hipocresía y doble discurso es encubridora y funcional. Primero, confirma que no es un verdadero problema para ellos, sino que, simplemente, es parte del mundo fútbol, con mala imagen y por eso hay que esconderla para el afuera. Además, esconde los vínculos, las relaciones y las acciones que realizan que favorecen y le otorgan poder a la barra, favoreciendo su accionar violento. De esto se desprende que no trabajen para solucionarlo, a pesar de promesas de campaña, ni tampoco busquen convocar al Estado para que se trabaje en conjunto. Esto, entonces, genera también la sensación de que es un problema que los desborda, limitando las esperanzas de un cambio profundo como el que se necesita.

En un segundo plano, a nivel de la política interna de los clubes, el problema tiene dos aristas. Por un lado, dirigentes la utilizan para presionar e incluso amenazar a sectores disidentes o que cuestionen los manejos oficialistas. Esto los convierte en actores con poder en el escenario político y a la vez legitima sus métodos. Por el otro, grupos de socios involucrados en este juego sin otra intención más que ayudar a su club, repiten este discurso oficialista falso, ya sea por conveniencia o por convencimiento (muy nocivos ambos motivos). Este asumir como propio un discurso que no lo es dificulta el tratamiento del tema, la exigencia para combatir y solucionar este problema y también una organización genuina de hinchas. Es decir, transforma en funcionales a personas que no lo quieren ser, pero por pequeños espacios de poder o actividades, pierden la conciencia crítica y se olvidan de su lugar. Es una de las formas del clientelismo a nivel clubes.

Por el lado de la política nacional, la responsabilidad es aún mayor. Primero, es un hecho que todos los grandes partidos (aquellos con gobernadores o intendentes) tienen en un historial de connivencia y uso de estos grupos para actos políticos, fuerza de choque o, cuanto menos, vista gorda frente a su accionar. Es por eso que nunca encararon desde ningún sector ninguna medida ni convocaron a los clubes y la AFA para trabajar en conjunto en la solución del problema. Por el contrario, les dan nuevas fuentes de poder y legitimidad, llegando al punto de facilitarles los medios y la capacidad de movilización, además de los contactos policiales y judiciales que les garanticen la impunidad. Más grave aún es el hecho de la presidenta declarando admiración por las barras y una supuesta cultura nacional, en un acto de irresponsabilidad e ignorancia. Así, es claro que los clubes solos no pueden combatir a la barrabrava, ya que cuentan con el respaldo de un poder mayor. De igual forma que la base material se las otorga el mundo del fútbol, por lo que es necesario para el Estado también contar con la colaboración de los dirigentes y la AFA. Ambos tienen el deber de convocar y trabajar juntos, terminar de pasarse la pelota tanto discursivamente como con los hechos y combatir el fenómeno que juntos crearon.

Al Estado le corresponde también la responsabilidad como encargado de la legislación y garante de la seguridad. Como legislador, demuestra ineficacia o incomprensión del problema, cuando no falta de voluntad para tratarlo. Las pocas normas que sanciona solo buscan actuar mediante el castigo y la exclusión, poniendo de manifiesto su complicidad o ignorancia, ya que no da cuenta de las relaciones políticas de la barra. Es llamativa la falta de iniciativa para tratar punitivamente la asociación ilícita en el ámbito del fútbol, por ejemplo. Por el contrario, responden a la idea de “grupos violentos”, como si fueran casos aislados. Además, la violencia cotidiana de la que hablamos en la nota anterior no figura en la agenda legislativa. Nuevamente, solo algún hecho extraordinario que la haga explícita, altera brevemente la normalidad. Aunque sea repetitivo, este accionar ineficaz es también funcional a las barras, ya que refuerza su impunidad y el poder frente a los otros actores, sean hinchas o dirigentes. Queda para otra oportunidad la farsa del AFA Plus y el negocio de los datos personales.

Por último, el Estado también se hace presente mediante las fuerzas policiales. Estas son las encargadas de diseñar los operativos los días de partido y realizar las acciones correspondientes para que el espectáculo se desarrolle normalmente. También deberían prevenir los enfrentamientos entre fracciones de la misma hinchada cuando no hay partido, ya que estos no son espontáneos, sino debidamente organizados. Por el contrario, facilitan zonas liberadas que permitan que estos se produzcan. En este punto queda pendiente el debate sobre quién debe cubrir los costos y la mejor forma de financiamiento para la seguridad en el fútbol. Por el momento, me conformo con llamar la atención sobre los prejuicios sobre los que se organizan los operativos. La idea base sobre la cual se planifican es que el hincha es violento, por el solo hecho de ser hincha y sin motivo alguno. Por eso vemos vallados y cacheos masivos, que acumulan gente y generan malestar. Ver cómo la policía  junta padres con sus hijos chiquitos, por ejemplo, y después son revisados hasta el más mínimo detalle, es una muestra de esto. Esto no exime de responsabilidad a aquellos que van a intentar colarse o generar disturbios. Por el contrario, esta organización lo que hace es generar las condiciones que faciliten que estos se produzcan. Así, también son funcionales a la legitimidad de la barra, ya que cuando se enfrentan a la policía, lo están haciendo a un enemigo, lugar en el que se puso con este prejuicio.

Esta mala actuación policial se potencia en el caso de las barras. Por un lado, los hacen pasar sin respetar las vallas y cacheos, demostrándoles a los demás hinchas sus privilegios, que pueden funcionar como atractivos, principalmente para la juventud. Por otro lado, todo su accionar está pensado para evitar que se crucen hinchadas visitantes y locales y se produzcan enfrentamientos así. Nuevamente, la idea funcional a las barras de que el que tiene otra camiseta es enemigo y por eso hay que atacarlo, como dijimos en la nota anterior. Además, no pueden dar cuenta a los enfrentamientos entre fracciones de la misma hinchada, que también son comunes hoy en día. Si a este combo se le suma la complicidad en los negocios (drogas, trapitos, etc.), el resultado es una sensación de impunidad e incontrolables, o sea, más poder.

Esto pensado desde la policía como un cuerpo, no desde el individuo que cumple órdenes y trabaja con buena predisposición. Son ellos los que logran que tanto operativo mal organizado no termine siempre en desastres. Por lástima, ni son la mayoría ni son los que tienen el poder de decisión. La pregunta entonces ante esto es si están la policía federal y las provinciales capacitadas para ser parte de ese cambio profundo, o, por el contrario, es necesaria la creación de una fuerza especializada, que trabaje bajo el principio de prevención. Yo me inclino por esta última opción, después de todo, esta policía es también parte del negocio de la inseguridad en el fútbol.

Los operativos mal organizados por considerar al hincha como violento, generan disturbios (foto via diario uno)
Los operativos mal organizados por considerar al hincha como violento, generan disturbios (foto via diario uno)

En conclusión, este recorrido nos hace ver cómo dirigentes de clubes son parte del problema de la barrabrava, por acción y también por omisión, y nunca han buscado trabajar en solucionarlo. Aún peor, no lo consideran como tal, o los hechos demuestran que así sea. En su lugar, le pasan la pelota al Estado. Este no asume su responsabilidad como garante de la seguridad, como legislador ni como actor político que legitima y aumenta la esfera de acción de estos grupos organizados. Por el contrario, hacen foco en la base material que le otorgan los clubes, devolviéndosela. Así se genera la noción de un problema más amplio, que escapa a las posibilidades de todos, pero que en los hechos se demuestra que lo reproducen. Entonces, es hora de dejar los discursos mediáticos y las falsas preocupaciones y trabajar en conjunto para un problema que tiene solución. La muerte de Grondona abrió un escenario de discusiones que, junto al nuevo torneo, permite otras formas de organización. Lamentablemente, otra vez, las dirigencias demuestran no estar a la altura y que sus intereses son otros, ni el espectáculo ni los hinchas.

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